viernes, 10 de agosto de 2012

EL ULTIMO BASTIÓN DE VAGINAS


Como les contaba en un post anterior, mi rotación por el servicio de obstetricia llegó a su fin y trajo consigo la grata noticia de nunca mas tener que ver siquiera la cara de la jefe del mismo ni la del resto de la troupe de conchólogos profesionales que la acompañan. Pero de lo que no me libré aún es de tener que atender féminas o, en todo caso mirar mientras las atienden. Y, claro, para que cierre como corresponde, faltaba la frutilla del postre. Ahora me toca rotar en Ginecología.

Reiteradas veces he hecho entradas acerca de los ginecólogos. Como son, como piensan y lo que opino de los que me ha tocado conocer. Y como ya saben, donde hay un ginecólogo yo ya me mal predispongo. No sé porque, evidentemente lo debería tratar con mi psicólogo, pero no me huelen bien. Sobretodo los entrados en años, es gente que no me cae.

Con este preconcepto particular que tengo sobre ellos y viniendo de una experiencia bastante traumática del mes anterior, atravesé la puerta de gineco de mala gana. Pero tengo que admitir que el servicio de mi hospital es muy relajado en el trato con los rotantes. Se respira un aire de tranquilidad que contrasta completamente con la tensión que se vivía un piso más abajo y que hacía que el aire se cortara con tijera. En los pases de sala hay mate (hasta el mismo jefe nos seba, cosa que no creo que se vuelva a repetir nunca en ningún lado de ahora hasta que me jubile), los médicos se encuentran abiertos a recibir preguntas y explicar y por ende nosotros a sacarnos todas las dudas que tengamos. En definitiva, se va a trabajar contento y con buena onda.

Pero como no podía ser de otra manera, siempre hay “personajes” dignos de ser comentados.

El jefe del servicio es un sesentón canoso y naturalmente, como todos los jefes, con años de experiencia. Se lo nota un hombre dedicado con los pacientes y aparenta buena persona; es de esos tipos que no tienen intención de joder a nadie. Pero hay una característica de su persona que hace que los pases de sala a su cargo sean muy graciosos, y es su despiste. En otras palabras, es un viejito copado pero que cuelga. 

Jefe: - ¿Le diste el alta a Florez?
R1: - No Doctor, esa paciente ingresó ayer
Jefe : - Pero, ¿No es la del aborto?
R1: - No, esa es Gutierrez. Esta es la del cáncer de ovario
Jefe: - Ahhh, esta bien. ¿Y como fue la cirugía? ¿Se recupera bien?
R1: - … es que la vamos a operar mañana
Jefe: - Pero como, no entiendo… ¿No la operaron ayer?
R1: Hoy venimos lento – No, ayer operamos a Rojas de un mioma uterino
Jefe: - Ahh, cierto, tenes razón, Rojas. Bueno… - Se queda pensando
R1:
Jefe: - ¿Cuál era la del aborto?
  
Pero también en mi hospital encontré Doctoras como Torosentado (quizás la recuerden de la entrada GINECOLOGOS, GINECOLOGOS). Casualmente (o causalmente, nunca lo sabré), las profesionales más amargadas y conflictivas son siempre mujeres. No conozco el porqué de esta cuestión ni tampoco tengo nada en contra del género, todo lo contrario, pero es una observación casi constante. Las peores de todas son las que están cerca de alcanzar su jubilación. De estas, casi ninguna zafa.

Un día tuve la “dicha” de asistir al consultorio de PAP y colposcopia. Al mismo van tanto pacientes para el control normal que toda mujer debe hacerse, como otras que son seguidas por alguna patología en particular.
El consultorio es una habitación con 2 camas ginecológicas separadas por una mampara cuya función es evitar el contacto visual entre las dos pacientes que van a ser revisadas simultáneamente (por dos médicos distintos, por ahora) y de esa manera darles un poco de privacidad. Uno de los médicos es un residente y el otro es uno ya experimentado que es el que guía al primero y le aclara las dudas. Por lo que pude observar, la mencionada mampara es el único detalle que intenta preservar la intimidad de las mismas.
Y es que yo me imagino la situación de estar acostado con las piernas abiertas y con alguien metiéndome un plástico para abrirme todavía un poco mas, mirando mis profundidades y obteniendo muestras de las mismas y realmente no es algo muy lindo que digamos. Por ende, lo que más querría es que eso se haga en un ambiente que preserve la poca dignidad que a uno le queda después de este acto médico.

Pero en el hospital esto no ocurre. Una larga fila de mujeres aguardan ser revisadas y el consultorio funciona como una máquina de hacer chorizos. La puerta se abre con una frecuencia de no más de 7 minutos y ya desde el vamos nos recibe una enfermera de 60 años, portando su ambo verde fluorescente cual empleada pública de Gasalla y pintarrajeada a mas no poder. Mira a la interminable fila con gesto de desaprobación e invita a pasar a la siguiente paciente:

-          La que sigueeeeeeeee!!!

Siempre es de la misma manera. Seguido esto, la paciente ingresa cual vaca al matadero para salir 7 minutos después y dar lugar a la próxima.
Una vez dentro del consultorio, la misma enfermera repite mecánicamente una instrucción que viene impartiendo desde hace como mínimo 40 años:

-          Sacate la bombachita y sentate en la camilla... y con la colita bien afuera ehhh

Acto seguido y con solo un “hola” de por medio, la médica que realizará el examen le encaja el espéculo. Todavía no entiendo como hacen, pero en no más de 5 minutos ven y obtienen todo lo que necesitan. Eso, sumado a los 2 minutos que tarda la paciente en vestirse y desvestirse suman los 7 que debe durar el examen.

Cuando por alguna que otra razón el examen se dilata más de lo debido, la médica más vieja acelera el trámite como sea, como en la siguiente situación:

Residente de segundo año intentando colocar el espéculo en una paciente muy pero muy nerviosa. Estaba tan nerviosa y contracturada que era casi imposible empezar con el examen. Primer intento, rompe un espéculo de plástico. Segundo intento con cambio de tamaño y también lo rompe. Naturalmente, la manera de solucionar esta situación es darle a la paciente el tiempo que necesite para tranquilizarse o hacerla salir del consultorio y llamarla nuevamente más tarde. La residente, ya un poco inquieta y viéndose la que se le venía si fallaba una vez más, decide intentar con un espéculo de metal. Justo en ese momento, asoma por el costado de la mampara separadora la cara de la conchóloga madura que dice:

-          Mirá que hay muchas pacientes afuera ehh. A ver si aceleramos un poquito...

Obviamente este comentario puso aún más tensa a la paciente. Si antes rompía espéculos de plástico yo creo que ahora le ponías una manzana y sacabas sidra. Resultado, tampoco se pudo con el de metal y la paciente tuvo que volver otro día.

Y es que muchas veces el paciente se despersonaliza ante el médico y pasa a ser solo una enfermedad. No se cual es la causa de que esta situación ocurra, pero lo cierto es que pasa. Entonces escuchamos:

-          ¿Ya revisaste a la mama de la cama 4?
-          Che, vos que la viste, ¿Está mejor el prolapso de cama 7?
-          Preparate que hay un útero en quirófano para raspar

Y uno se imagina un útero, solito, en el medio de la camilla esperando ser raspado. No nos acostumbramos a llamar a los pacientes ni por su nombre ni, aunque sea, por la palabra paciente.

Y no todo se lo van a llevar los médicos, no no no. Como siempre hay una enfermera que nos saca de quicio. Mientras estan las dedicadas y que realmente son de una ayuda impresionante, también están las otras, esas que nacieron para joder. Parece que hicieran horas extras de hijoputez.

TOTA ronda lo 50 y pico, es rubia (mal teñida, por supuesto) y muy demostrativa, tanto que ya es bizarra. Camina por los pasillos de la sala de internación arrastrando el carrito lleno de los suministros médicos que necesita para sus quehaceres y gritando:

-          Se me corren del pasillo por favooorrrr

Tota cree que porque trabaja en el hospital hace 30 años puede hacer lo que quiere. ¿Por qué debería seguir la indicación de una pendeja de 25 que recién entró hace dos meses? La respuesta, Tota, es que la pendeja es médica y vos sos enfermera. Y con esto no desmerezco para nada a las enfermeras. Pero a gente como Tota le cuesta aceptar que gran parte (o casi todo) su trabajo diario se basa en cumplir las indicaciones médicas. Entonces, Tota hace lo que se le canta. Si el médico indica un antibiótico por vena y ella no lo encuentra, se lo da por vía oral y no avisa. Si esta cansada de sacar sangre y el médico necesita una muestra le dice: ¿Y porqué no se la sacas vó?  Cree que le hace un favor cuando en realidad solo cumple con su trabajo.
Y por sobre todas las cosas es maleducada. A esta altura solo queda esperar su jubilación. 

En una semanita termino con esto y ya le dejo de sacar el cuero a los ginecos. Despues, sigue cirugía y ahí, nos vamos a divertir.

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